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La herida se mueve, de Luís Rodríguez

IMG_20160409_143812Impresionar a la imaginación, y de eso va la literatura.

Introducción

Con este libro me entretuve más de la cuenta porque llegaba dedicado y era una responsabilidad, hasta la fecha desconocida, escribir sobre un libro que te dedican, aunque sea en el décimo séptimo lugar: «a Bernardo Luis Munuera». Hubiese sido más corto escribir «Blumm», amigo; pero eso ya da igual.

Me lo he leído tres veces. Era una responsabilidad muy grande que te dediquen un libro y que solo lo leas una vez. Era ir de pobres. Por ese motivo me lo leí tres veces en tres meses distintos. La última, con este archivo en Word abierto.

La obra de la que hoy escribo es una novena.

Al abrirlo tropiezas con un adverbio que es esa clase de palabra cuyos elementos son invariables y tónicos y que están dotados generalmente de significado léxico y modifican varias categorías, principalmente a un verbo, de un adjetivo, de una oración o de una palabra de la misma clase. Y qué ilusión me provocó tropezarme con mi adverbio favorito: «quizá». No es frecuente tropezar con adverbios al abrir una novela y por eso cuando comienzas la lectura del libro que empieza «tropezar con un adverbio no te cambia la vida; no es una calamidad, no hay daño, ni resiste comparación con un derrame o una pérdida, o contar azulejos blancos desde el suelo hasta el techo, dos veces, en la consulta del hematólogo, remordido porque es una estupidez hacer eso y no darle otra intensidad a estos instantes cuando sabes que, dentro de un momento, entrará el médico y te dirá, con voz hermosa, si tienes cáncer».

Y efectivamente, queda escrito: la diferencia entre dos escritores es un tercero: este —yo ya no los tildo— que escribe un «quizá» hiperbólico.

Uno de nueve. Mauro y Celia abren el telón. Mauro piensa en Descartes cuando se baña y habla con Estanis que cuenta en un bar, sin vergüenza, de qué color son los decorados de su intimidad. Estanis, ese tipo que decidió publicar Los contrarios para detener la hemorragia de frases y que le preguntó a Mauro, que se fue de casa con su quizá, que qué piensa del escritor que es capaz de arrojar una rana viva al fuego para acumular material narrativo. Aquí, en este preciso momento, subrayé en el libro la siguiente frase: «Mauro lee Los contrarios de un tirón», a la que añadí: «título del post». Finalmente no. Me detengo en la capacidad del hombre para ser engañado. Así Mauro paga tres mil pesetas para… tendrás que leerte el libro si quieres deshacerte de las pelusas que genera un cerebro cuando no piensa, aunque aquí hubiese quedado mejor el verbo «carburar»; los cerebros carburan. Lee Los contrarios, hazte un favor.

Dos de nueve. Muertos y entierro. No te asustes. Recuerda: «La distancia desde uno mismo hasta un muerto se puede medir en metros». Aparece Genaro, que es otro y de Aurora. Idelio también, que es un personaje que en la novela presume de haberse acostado con nueve mujeres. Joaquín, zapatero, Rosendo, Plácido, Bernardo Tea, y Ricardo, el de las hostias a Claudio. Que me reí cuando lo leía. Tomasa también, aunque ella no estuvo en la escena donde dos personajes juguetearon con la escena de la cocina donde El cartero fue Nicholson. La risa de este capítulo llega: «sólo quiero tres latas (de atún) cada vez que nos acostemos». De extraterrestres, Benito, de extraterrestres.

Tres de nueve. Habland de Dios. Genaro se tira todo el capítulo visitando a Benito, el suplantado. Imaginación. No ha libro con más imaginación materializada que este, que del libro sobre el que estoy escribiendo hoy. No ha, repito, ¡no ha! Porque hay una forma llena de escribir libros, decía el otro día en Twitter y es esta, la de escribir un libro centón, rebosante de imaginación.

Cuatro de nueve. No eligió empezar con el estilo indirecto libre. Mauro es el narrador aunque le de asco el sexo, el sexo con Celia, su mujer. Genaro mientras, atraca un banco. Aquí, en cuatro de nueve el tema resurge. El amor y la naturaleza de las relaciones donde ni la pasión ni los guiños ni las ingles.

Cinco de nueve. Más amor en cámara frigorífica. Surreal. Tintes surrealistas como de Artaud. A mí que me gusta más Artaud que una metáfora bien hecha. Concha aquí compra manzanas con algoritmos en movimiento. A Dios no puedes educarlo pero sí puedes citar a Dürrenmatt y convertirte en Dios por eso. Justo ayer, después de leer un discurso de Torrente Ballester (Acerca del novelista y de su arte) descubrí quién fue este tipo. Pues resulta que el autor del libro que estoy hablando ha leído El juez y el verdugo, libro que ha entrado en una lista de lectura, en mi lista de lectura particular y privada porque dicen que es novela negra en el país de Heidi. Pero retomemos esta entrada, y este libro. Vamos por el quinto «capítulo», aunque no existan capítulos propiamente dichos sino conversaciones en la calle Virgen de la Fervorosa, 16, de Baeza (¡Que existe!).

Seis de nueve. Mañana.

Siete de nueve. Lee.

Ocho de nueve. Lee.

Nueve de nueve. Lee.

Lee La herida se mueve de Luis Rodríguez, y sopla las pelusas de tu cerebro.

Mañana ha de llegar; sí, para releérmelo otra vez.

Impresionar a la imaginación, y de eso va La herida se mueve. Compra, lee, sopla, sopla, resopla.

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