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El escritor sin gracia se queda en «fraseólogo»

Está elástico Jarnés. Está dando de sí. Tres entradas ya. Ahora transcribo parte de las páginas 46 y 47 del prólogo de Domingo Ródenas a El profesor inútil (1926), que versan sobre la «gracia» del escritor, que viene a ser como su genuina singularidad, siendo «genuina» y «singularidad» palabras muy afines tal y como han quedado dispuestas. De semántica empática, si me permiten la expresión. No retardo la explosión. ¿Imaginan que los escritores sin gracia desapareciesen, se desintegraran para siempre cuando comprobasen que, (una vez leído el siguiente fragmento), son unos desgraciados, unos fraseólogos de pacotilla, unos alicortos literarios? ¿Se imaginan? ¡Protéjanse! Ahí va:

La gracia es una virtud, un valor no cultural sino vital que acusa «riqueza espiritual alimentada por una vida plena». «Es la armonía de facultades» y «expresa siempre una relación de sociedad», es decir, « es un valor social», por lo que su cultivo supone «cumplir con un deber para con el prójimo». De ahí deriva una admonición: «El que pretenda hacer literatura “social” ha de atender primero a sus existencias de “gracia”». El escritor sin gracia se queda en «fraseólogo». La gracia siempre concita simpatía, atrae y hechiza; en su ausencia «se intentan bromas, deslumbramientos, choques bruscos, “subarte”», o la violencia. La gracia nada tiene que ver con el humor, pues el llanto y la risa le son indiferentes, «porque ella los eleva —a ambos— a un plano superior de humanidad». La gracia, que produce una emoción estética, encierra siempre alegría porque nos desarraiga temporalmente de nuestras preocupaciones utilitarias, de nuestras pesadumbres. No debe confundirse con el humor, siempre «encadenado a un sentido pesimista del mundo que le obliga a buscar escorzos risibles, lamentables». Destacó Jarnés cuatro atributos de la Gracia: la claridad, la agilidad (en la comunicación de los enlaces de las cosas entre autor y público), la sutileza y la impasibilidad, pues ella no padece, como sí lo hacen la Fuerza o la Sabiduría. La gracia, en el plano formal, es enemiga de lo desmañado o casual, de la oscuridad y encastillamiento técnico, de la sumisión al ismo o a la escuela que coarta, del lenguaje soez. En el plano de las ideas y los contenidos, repugna el dogma y la visión parcial de la vida humana, una visión alicorta como la que podía proporcionar la novela humorística por entonces tan en boga. La Gracia es el valor estético y vital en que se sustenta el integralismo.

Cuando leí este fragmento recordé —no me pregunten por qué— a dos escritores: a Isaac Rosa y a Pablo Gutiérrez. Ambos conciben la literatura como una responsabilidad social. A Isaac dejé de leerlo. En cambio a Pablo no; es más, espero que no tarde en sacar de esa bella caja fuerte que es su imaginación, la próxima. Reconozco que la cita que extraje del prólogo de Domingo Ródenas me ha ayudado a dilucidar alguna razón más de por qué aborrecí a Isaac y por qué sigo leyendo a Pablo. ¡La Gracia!; ese era el quid. Así lo he interpretado.

El fragmento suelta más jugo; parece dulce eso de escritores de escorzo risible. Me pregunto, ¿cuántos han surgido desde 1926, cuando Jarnés escribía sobre «la Gracia»? ¿Qué literatura nos quedaría? Pero… ¿y qué es la literatura, Javier?

Otro día.