SILENCIO, de Shusaku Endo, por Juan Manuel de Prada

img_20160911_201622Todos los meses Juan Manuel de Prada  me envía una reseña a través de la publicación Magnificat. De todas las que le he leído, ésta que transcribo hoy —con el permiso de Pablo Cervera, editor de la versión española del Magnificat— es una de mis favoritas. No conocía a este escritor japonés, Shusaku Endo, y tampoco sabía que Juan Manuel de Prada fuese tan apostólico a través de estas reseñas. Esta aparece en el Magnificat de febrero de 2016 (puedes recibir un ejemplar gratuito de esta publicación si lo pides aquí — no hace falta estar en gracia de Dios—). La reseña tiene casi dos mil palabras pero si sueles leer, ten fe, llegarás al final. Aquí está:

Silencio de Shusaku Endo, Edhasa, 2009

Shusaku Endo (1923-1996) ha sido uno de los más grandes escritores japoneses del siglo XX; y también uno de los más «excéntricos» y desgarrados escritores católicos, pues aunque fue autor muy influido por la literatura europea —y en especial por la francesa—, toda su obra se desarrolló y está ambientada en aquella «ciénaga del Japón» donde el cristianismo nunca llegó a prender del todo, pese a los esfuerzos evangelizadores de san Francisco Javier y todos los misioneros que lo secundaron, en parte por las particularidades panteístas propias de la espiritualidad oriental, en parte por las persecuciones crudelísimas que las autoridades niponas decretaron contra los conversos a la fe de Cristo.

LA PERSECUCIÓN DE LA FE

En diversas obras, Endo reflexionó sobre la difícil tensión que el evangelio y las tradiciones espirituales propias del Extremo Oriente han mantenido a lo largo de los siglos; y no se ha recatado de exponer, en su más íntima crudeza, los tormentos padecidos en épocas pretéritas por los cristianos en su país, así como las dificultades a las que un católico se enfrenta en el Japón contemporáneo. Tal vez ésta fuese la razón por la que Endo fue privado del premio Nobel, en beneficio de Kanzaburo Oé, más dócil a las modas y políticamente correcto; pero ya nos decía el gran Leonardo Castellani que Dios quiso castigar al inventor de la dinamita asociando su nombre al de los más horrendos escritores de nuestro tiempo.

Son varias las novelas de Shusaku Endo en las que asoman sus preocupaciones religiosas; y en algunas, incluso, tales preocupaciones se enseñorean de la trama hasta convertirse en su asunto principal. Así ocurre, por ejemplo, con la estremecedora Silencio (1966), que por lo común suele considerarse la obra maestra de Endo, ganadora en su día del premio Tanizaki, pero a la vez causante de una espinosa polémica en el Japón, donde nunca hasta la fecha se había tratado de un modo tan descarnado la brutal persecución sufrida por los cristianos nipones desde finales del siglo XVI hasta mediados del siglo XVII, con hitos tan dramáticos como la expulsión de todos los misioneros (1614) o la llamada Rebelión Shimabara (1637-1638), que tras ser salvajemente sofocada daría lugar al «período Sakoku», en el que el culto cristiano fue por completo prohibido.

Sobre este desgarrador telón de fondo traza Endo la peripecia de Silencio, que recrea libremente la historia del jesuita portugués Cristóbal Ferreira (1580-1650), quien llegara a ser provincial en el Japón durante la época de la persecución más sangrienta y a sufrir terribles torturas, antes de apostatar y adoptar el nombre de Sawano Chuan. La figura de Ferreira (una suerte de nuevo Judas que, no contento con renegar de su fe, participó posteriormente en juicios contra otros misioneros) se convierte —a imitación del Kurtz de Joseph Conrad— en el corazón tenebroso de la novela de Endo, en la que se narra la expedición de tres jóvenes jesuitas que viajan desde Macao al Japón, dispuestos a conocer la verdad sobre su compañero y antiguo superior. De los tres sólo sobrevivirá a la postre uno, Sebastián Rodrigues, protagonista de la novela.

Se ha escrito que Silencio es una obra «ambigua»; no creemos que lo sea en sentido estricto, pero se trata sin duda de una novela de extraordinaria complejidad moral y teológica, en la que Endo se atreve a zambullirse en las fosas abisales del sufrimiento más extremo, allá donde la capacidad de resistencia humana se enfrenta al silencio de Dios. No es, pues, una novela recomendada para lectores impresionables, o para quienes buscan en la lectura un entretenimiento banal o una moralina edulcaroda y tranquilizadora. Hay pasajes de Silencio que nos hielan la sangre en las venas, de una fuerza y una crudeza que por momentos resultan sobrecogedoras, incluso hirientes.

Endo se sumerge sin ambages en las sentinas del Mal, se adentra —como reclamaba Flannery O´Connor al escritor católico— en un territorio que es en gran medida propiedad el Enemigo; y no se recata de mostrarnos las tribulaciones más acerbas de la fe, enfrentada a monstruos impíos, poseídos desde luego por un furibundo odium fidei, pero también dotados de una refinadísima inteligencia que convierte a sus víctimas en peleles desmadejados, a los que pueden manipular y afrentar gustosamente.

Quienes hemos tenido la suerte de nacer en una época y en un lugar donde la fe católica es hostigada, arrinconada y escarnecida, pero donde aún no se ha llegado a la persecución cruenta del martirio, la lectura de Silencio puede ayudarnos a comprender el horror al que se enfrentan cotidianamente quienes han tenido que defender su fe en épocas o lugares más bárbaros, como les ocurre hoy a los cristianos de Siria o Irak.

EL SILENCIO DE DIOS

Endo, sin embargo, no se limita a exaltar a los mártires que entregan la vida en defensa de la fe; también se propone entender a quienes claudican por falta de valor, incluso a quienes, en medio de la más terrible tribulación niegan a Cristo. Este refuerzo de comprensión alcanza tal vez su mejor expresión en el personaje de Kichijiro, un truhán siempre borracho que ha apostatado y que, sin embargo, busca una y otra vez la compañía del padre Sebastián Rodrigues, como un perrillo sin amo.

Al principio, Rodrigues toma sus quejas y lamentos como «lloriqueos de cobarde»; pero, poco a poco, empezará a mostrarse más comprensivo con la debilidad de Kichijiro: «Ya han pasado treinta años desde que comenzó la persecución y, aunque esta tierra negra del Japón estalla de gemidos cristianos y corre la sangre roja de los misioneros y se van derrumbando las torres de las iglesias, Dios continúa en silencio. He ahí el problema que se oculta en el fondo de las quejas de Kichijiro».

Este silencio de Dios se torna cada vez más doloroso para el padre Rodrigues, sobre todo cuando asiste al martirio de campesinos que prefieren ser ejecutados antes que delatarlo: «¿Por qué sigues tú en silencio? —pregunta Rodrigues, en diálogo con Dios—. Tú tienes que saberlo. Tú sabes que ese campesino tuerto ha muerto, y que ha muerto por ti. Entonces, ¿por qué consientes que continúe la calma? (…) ¿O sea que, el día que terminen matándome, el mundo va a seguir su curso como si tal cosa, exactamente lo mismo que ahora? Después de matarme, ¿cantará la cigarra y seguirá volando la mosca con el mismo aleteo soñoliento?»

Y DIOS HABLÓ…

A lo largo de su periplo en pos de Ferreira, el padre Rodrigues presenciará de incógnito las formas más espeluznantes de martirio, mientras el mundo exterior sigue su rutina sin inmutarse. Cuando por fin el cruel Inoue, señor de Chikugo, lo tenga a su merced, lo escarnecerá sin contemplaciones: «Usted dice que vino aquí a morir por los campesinos. Y resulta que… ¡son ellos los que mueren por usted!» Pero Rodrigues le contesta que, si esos campesinos prefieren morir antes que denunciarlo, es porque la fe en Cristo les da fuerzas.

Entonces Inoue someterá a Rodrigues a la misma prueba terrible a la que antes sometió a Ferreira para quebrar su entereza: mandará colgar bocabajo a varios campesinos en un pozo, dejando que se desangren lentamente entre gemidos; y advierte a Rodrigues que tal castigo será interrumpido tan pronto como el sacerdote apostate mediante el acto de fumie, que consistía en pisar un icono de Cristo. El pasaje es en verdad angustioso, de un dolor apabullante y tenebroso; y justo entonces el padre Rodrigues cree escuchar la voz de Dios, que hasta entonces había guardado silencio: «Písame… Yo he vencido al mundo para vosotros me piséis, he cargado con la cruz para compartir vuestro dolor…»

En este clímax pavoroso resuena, a modo de reverbero, la reflexión que el padre Rodrigues se había hecho unos capítulos antes, mientras reflexionaba sobre la figura de Kichijiro, quien a la postre acabaría delatándolo ante sus persecutores:

«Cristo, en la Última Cena, le dijo a Judas: “Sal, ve y haz lo que tengas que hacer”. Ni aun ahora que soy sacerdote he podido captar bien el sentido de esas palabras. ¿Qué sentiría Cristo al lanzar a la cara del hombre que le iba a vender por treinta piezas de plata esas palabras? ¿Las diría con ira y odio? ¿O serían más bien palabras nacidas del amor? Si eran palabras de ira, Cristo en ese momento estaba negando la salvación a este solo hombre entre todos los hombres del mundo. Judas habría recibido de lleno el ramalazo de la ira de Cristo y no se habría salvado; y el Señor habría abandonado a su suerte a un hombre caído para siempre en el pecado. Pero eso no podía ser. Cristo trató de salvar incluso a Judas. De no ser así, no tiene sentido que le hiciera uno de sus discípulos».

El padre Rodrigues acabará encontrando la respuesta a este dilema en su propia vida. Nunca sabrá del todo si cedió en su resistencia a los suplicios por compasión hacia los campesinos que estaban siendo atormentados, o si lo hizo para justificar su debilidad; pero sabrá, en cambio, con certeza plena que Cristo lo sigue amando, como sin duda amó a Judas hasta el final. El padre Rodrigues arrastrará, bajo el nombre de Okada Sanemon, una vida humillada en insulsa, una vida anónima y sin entusiasmo, en apariencia alejada de la fe.

Pero, en medio de esa vida sin alicientes, podrá comprobar que Cristo no lo ha abandonado nunca: tendrá ocasión de escuchar en confesión a Kichijiro, su delator, y de perdonarle sus pecados; tendrá ocasión de rememorar muchas veces el martirio de tantos y tantos campesinos, que en su día le había parecido poco memorable; tendrá ocasión de transmitir la fe de forma clandestina a los vigilantes que se encargan de su custodia. A la postre, descubrimos con Rodrigues que «no existen fuertes y débiles, pues… ¿quién puede asegurar que los débiles hayan sufrido menos que los fuertes?»

El señor de Chikugo había asegurado con petulancia al padre Rodrigues que el cristianismo jamás podría prender en la «ciénaga del Japón»; y que bastaría cortar las raíces, impidiendo la evangelización, para que los brotes y las hojas se amustiasen. Antes de expirar, en su vida de humillación y callado sufrimiento, el padre Rodrigues podrá consolarse, pues sabe que las raíces nunca podrán ser cortadas del todo: «En estos momentos soy el último sacerdote católico de este país. Cristo no se ha quedado en silencio. Aun suponiendo que él estuviese callado, toda mi vida hasta hoy estaría hablando de él». Judas, al fin, ha sido salvado.